Casi nadie firma el consentimiento de la anestesia con la misma atención con que firma el de la operación. Se entiende: uno va pensando en la intervención, y la anestesia parece el trámite de antes.
Pero es el acto médico con el margen de error más estrecho de todo el quirófano, y cuando algo se tuerce las consecuencias no suelen ser leves.
Lo que la ley no exige
Conviene decirlo pronto, porque es la fuente de casi todas las decepciones: el anestesista no garantiza un resultado. Su obligación es de medios, no de resultado. Que la anestesia salga mal no significa, por sí solo, que haya habido negligencia.
Lo que sí exige la ley es que se haya actuado conforme a la lex artis: el estándar de lo que un profesional de esa especialidad, con los medios de ese centro y en esas circunstancias, debía hacer. La responsabilidad nace de apartarse de ese estándar, no del mal resultado. Lo explico con más detalle en ¿Qué es la negligencia médica? Guía para pacientes.
De ahí que la pregunta útil no sea «¿esto tenía que haber pasado?», sino otra: ¿se hizo lo que había que hacer antes, durante y después?
Las tres fases donde se decide el caso
Antes: la valoración preanestésica. Es la fase que más asuntos genera y la que menos se mira. Aquí se comprueban alergias, medicación habitual, antecedentes cardiológicos y respiratorios, vía aérea difícil, índice de masa corporal, intervenciones anteriores. Cuando aparece un dato en la historia que contraindicaba una técnica y esa técnica se usó igual, el asunto suele estar ahí y no en el quirófano.
Durante: la monitorización. La anestesia es, en buena medida, vigilancia continua. Los registros dicen qué se midió, cada cuánto y qué se hizo cuando una constante se salió de rango. Un registro incompleto o con lagunas en el momento crítico no es un detalle administrativo: es la prueba que falta.
Después: el despertar y la reanimación. Muchos de los daños más serios no se producen en la mesa, sino en las horas siguientes, cuando el paciente sale del quirófano y la vigilancia se relaja antes de tiempo.
Los supuestos que más veces llegan a consulta
Despertar intraoperatorio. El paciente recupera la consciencia durante la intervención sin poder moverse ni avisar. Deja secuelas psicológicas reales y frecuentemente infravaloradas, y es de los pocos supuestos donde el daño es difícil de explicar sin un fallo de dosificación o de monitorización.
Lesiones por intubación. Dientes, cuerdas vocales, vía aérea. La cuestión no es que la intubación sea difícil —a veces lo es—, sino si esa dificultad estaba prevista tras la valoración previa y si se dispuso del material adecuado.
Anestesia epidural e intradural. Cefalea postpunción, lesión nerviosa, hematoma epidural. Aquí pesa especialmente la vigilancia posterior: un hematoma detectado a tiempo se resuelve, y detectado tarde deja secuelas permanentes.
Errores de fármaco o de dosis. Confusión de jeringas, dosis calculada sobre un peso equivocado, interacción con la medicación habitual que constaba en la historia.
Falta de medios o de personal. Un anestesista atendiendo simultáneamente más quirófanos de los que puede vigilar no es un problema del profesional: es un problema de organización del centro, y responde el centro.
El consentimiento informado, que es un caso aparte
Aquí hay algo que sorprende a mucha gente. Aunque la anestesia se haya practicado de forma impecable, si no se informó adecuadamente de los riesgos puede haber responsabilidad de todos modos.
La razón es que el derecho protegido no es solo la salud: es la capacidad de decidir. La Ley 41/2002 exige que el consentimiento sea previo, específico y comprensible, y que incluya los riesgos probables y los relacionados con las circunstancias personales del paciente. La anestesia tiene su propio consentimiento, distinto del de la intervención.
Un impreso genérico firmado en la camilla, media hora antes de entrar, sin que nadie explicara nada, no cumple esa función. Y cuando el riesgo que se materializó era precisamente uno de los que no se explicaron, esa omisión tiene entidad propia.
Lo que decide el asunto es un documento
En anestesia, más que en ninguna otra especialidad, el caso está en la historia clínica: la hoja de valoración preanestésica, la gráfica de anestesia con los registros minuto a minuto, la hoja de reanimación y el consentimiento firmado con su fecha.
Por eso el primer paso nunca es reclamar. Es pedir la historia clínica completa —completa, no un informe de alta— y que la lea un perito de la especialidad. Sin eso, cualquier reclamación es una intuición. Te explico cómo hacerlo en cómo pedir la historia clínica y qué buscar en ella.
Preguntas frecuentes
Me desperté durante la operación. ¿Eso es siempre negligencia?
No siempre, pero es uno de los supuestos donde más difícil resulta explicar el daño sin un fallo en la dosificación o en la monitorización. Lo que hay que mirar es la gráfica de anestesia: qué se administró, cuándo y qué se registró en ese tramo.
Firmé el consentimiento, ¿eso me deja sin nada que reclamar?
No. El consentimiento cubre los riesgos propios de la técnica correctamente ejecutada; no cubre la ejecución defectuosa. Y si el impreso era genérico o se firmó sin información real, es el propio consentimiento el que puede estar cuestionado.
¿Contra quién se reclama, contra el anestesista o contra el hospital?
Depende de dónde esté el fallo y de si la asistencia fue pública o privada. Muchas veces la respuesta es «contra ambos y contra la aseguradora», y esa decisión es de las que conviene no improvisar.
Si crees que algo no se hizo bien
Empieza por la historia clínica. Con ella delante se sabe en pocos días si hay caso, y si no lo hay también es una respuesta que vale la pena tener.
Trabajo en toda España, en remoto, con trato directo y primera consulta sin compromiso. Puedes consultar tu caso en mi página de negligencias médicas o escribirme por WhatsApp.
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Información orientativa que no garantiza resultados; cada caso debe valorarse de forma individual.